Hola!
Hoy quiero enseñaros algo que me hace mucha mucha MUCHA ilusión!
Hace unos meses viajé hasta Vitoria para ponerme tras el objetivo de Ania!!
Y ahora,por fin,puedo enseñaros los resultados! Estoy muy muy contenta con las fotos y la historia (y como amiga, muy orgullosa, pierdo los pololos por su arte, que se le va a hacer, rubia y talentosa... pues eso <3 )
Caperucita Roja
- Me voy, volveré en un rato.
Caperucita intentó escabullirse lo más rápidamente posible, pero la voz altanera de su madre no tardó en llegarle desde atrás:
- ¿Ya vuelves a salir disfrazada? Sabes que no me gusta y aun así lo sigues haciendo, qué poco quieres a tu madre.
Caperucita suspiró con resignación y se giró hacia ella intentando no mostrar la crispación que sentía. El vuelo de su falda giró con ella con un suave frufrú.
- Mamá, sólo voy a dar una vuelta ¿qué más da lo que lleve puesto?
- No da igual, luego los vecinos hablan. ¿Qué cara se supone que tengo que poner cuando me pregunten por mi hija la rara?
Caperucita sabía que no podría ganar ese asalto jamás, y no quería llegar tarde, así que decidió hacer algo que sabía conseguiría aplacar a su madre por unas horas: darle la razón como a los tontos.
- Tienes razón mamá, no debería haberme puesto esto. Te prometo que me cambiaré a la vuelta.
- Desde luego que lo harás - volvió a internarse en la cocina y apareció al segundo con una cesta de mimbre en la mano. Caperucita ahogó un gemido de fastidio.- Ya que vas a salir, lleva esto a tu abuela, que hoy no parece encontrarse demasiado bien.
Caperucita cogió la cesta al tiempo que lanzaba una mirada de súplica a su madre.
- Pero tengo cosas que hacer… ¿no podrías llevársela tú?
- ¿Ahora me discutes, no tienes suficiente con que te deje salir a la calle con tus disfraces? – despachó a su hija con un gesto de la mano.- Venga, seguro que tu abuela está deseando verte. ¡Y no te…!
- “… no te acerques a los locales de Potxo”. Lo se, mamá – repitió Caperucita de carrerilla, girándose hacia la puerta.
- Eso es. No me gusta nada esa zona, está llena de indeseables y drogadictos. No tendrán cosa mejor que hacer que desperdiciar su vida aporreando guitarras- mascullaba su madre mientras la acompañaba hasta la calle.- Te quiero de vuelta para la cena, ¿de acuerdo?
Caperucita asintió rápidamente mientras se escabullía por la puerta y echó a andar calle arriba, internándose en la ciudad. A cada paso que la alejaba de casa, sentía cómo algo se aflojaba en su interior, haciéndola un poquito más ligera. Inspiró larga y pausadamente, intentando deshacerse de aquella molesta frustración que la invadía.
Aunque Caperucita ya rozaba los veinte, su madre seguía tratándola como si fuese una mocosa de diez años. Su afán sobreprotector hacía cada vez más opresivo el ambiente en casa e impedía que Caperucita pudiese madurar y relacionarse de forma normal.
“Pero la gota que colmó el vaso llegó aquel día, con mi primer vestido…” pensó Caperucita, recordando el momento en el que había desempaquetado toda aquella cantidad de tela, con sus bordados, con sus detalles cuidados al milímetro.
Algunos paseantes se cruzaron con ella, haciéndole un chequeo completo de cabeza a pies con los ojos como platos. A su espalda oyó risitas socarronas.
“Siempre igual, ya debería estar acostumbrada” pensó Caperucita meneando la cabeza. Podía entender las miradas, al fin y al cabo sabía que su forma de vestir se salía de lo habitualmente catalogado como “normal”; incluso podía entender los comentarios sorprendidos… pero las burlas… ¿por qué burlarse? No dejaba de ser simple ropa.
“Es sólo ropa” se repitió furiosa. Una forma más de exteriorizar su yo interior, su creatividad o su estado de ánimo. Formas, colores, bordados, tejidos… toda una forma de expresión a través de una simple prenda de vestir.
“¡Déjalo, ya vale!” se regañó, molesta consigo misma “No es momento de quejarse, es momento de… momento de…” sintió que se ruborizaba. Momento de poner a prueba los límites que se le habían impuesto, de ser ella misma por fin. Esa noche actuaría El Lobo Feroz, en directo.
Le vinieron a la cabeza como un fogonazo ese par de ojos ambarinos que parecían brillar con luz propia, esa media sonrisa que había pasado de irritarla a hipnotizarla. Su espíritu salvaje la atraía y asustaba a partes iguales, representando todo aquello de lo que la habían advertido desde que tenía uso de razón. Pero él parecía tan auténtico, tan…
“Tan libre” pensó Caperucita, suspirando.
Recordó su primer encuentro, la vertiginosa escala de un solo de guitarra que la atrajo hacia aquel local cochambroso ignorando cualquier prohibición materna. Y de pronto, por encima de la guitarra, por encima del punteo del bajo, incluso por encima del estruendo del doble bombo… una voz profunda, ligeramente rasgada, cargada de sentimiento. Para cuando quiso darse cuenta Caperucita se encontraba clavada en el vano de la puerta entreabierta, los ojos fijos en ese extraño que aferraba el micrófono con una furia desconocida para ella, que casi parecía querer rozarlo con los labios. Y esa media sonrisa cuando la descubrió observando, y su voz entre sorprendida y divertida:
- ¿Te has perdido, niña?
Caperucita se notó enrojecer hasta la raíz de sus tirabuzones e intentó huir, pero el chico la había aferrado por la muñeca y le había hablado con voz más suave:
- Hey, hey, ¿a dónde vas? No vamos a comerte, ¿sabes?
Por su mente habían desfilado como una saeta de fuego todas y cada una de las palabras de su madre: drogadictos, descarriados, inútiles sin futuro, ladronzuelos, camorristas…
Por primera vez se había sentido vulnerable con su extravagante ropa, y casi había esperado la lluvia de comentarios hirientes que aquellos chicos de dudosa reputación estarían maquinando mentalmente en cuestión de segundos… pero se equivocaba. Aquellos chicos habían resultado ser personas increíbles, complejas, llenas de matices y de sueños que se le antojaban arriesgados y maravillosos. Y entre ellos, con su misterio y su carismática sonrisa, estaba él… el lobo feroz de su cuento de hadas.
Divisó al final de la calle la entrada de la sala donde se celebraba el concierto. La gente ya estaba entrando, así que se apresuró, sin saber si el corazón le martilleaba en el pecho por la carrera o la emoción.
***
El Lobo Feroz saltó al escenario.
Salvaje hasta el punto de resultar erótico, indomable, implacable, furioso, triunfante dejaba deslizar sus ojos ambarinos sobre cientos de caras anónimas que se arremolinaban frenéticas a sus pies, sedientas de esa dosis de adrenalina que sólo la música en directo es capaz de dar.
Y de pronto esos ojos, clavados en los suyos. Y ahí está, esa media sonrisa, haciendo que su piel se erice, que la realidad que la rodea huya lejos, y que sus dedos rocen un cielo prendido en su voz, y en esa mirada de oro fundido.
El Lobo se alejó y la burbuja estalló en mil pedazos. A su alrededor la gente enloquecía con su actuación. Caperucita volvió a buscarle, pero ya había desaparecido al otro lado del entarimado, devorado por los brazos que clamaban su éxito a gritos.
“Qué pequeño bastardo” pensó Caperucita, sintiendo cómo su cuerpo temblaba como un maldito flan. Pero el más dulce de los olvidos se apoderaba de ella a medida que una sobredosis de endorfinas recorría su cuerpo bañado en sudor. Se unió al clamor enfebrecido de la multitud y dejó que el descontrol la invadiera por completo.
***
Para cuando Caperucita consiguió abrirse paso hasta la calle entre la maraña de personas que llenaban la sala, ya hacía un buen rato que el concierto había terminado. Fuera estaba anocheciendo, y Caperucita se maldijo al pensar que llegaría tarde a casa. Inspiró profundamente y ya se disponía a echar a andar cuando escuchó una risita familiar a su derecha. Giró la cabeza y allí estaba él, con una ceja levantada mientras punteaba distraídamente una guitarra.
Le hizo un gesto para que se acercara. Caperucita inspiró profundamente, instándose a sí misma a no perder la calma. Se dejó caer contra la pared, junto a él.
- ¿Te ha gustado? – preguntó con una sonrisa.
- Lo cierto es que si, sois mejores de lo que pensaba – contestó ella echando una rápida mirada al reloj.
- ¿Tienes prisa? – comentó con curiosidad el Lobo.
- Digamos que ahora mismo debería estar despidiéndome de mi tierna abuelita en vez de charlando amigablemente con un lobo guitarrista – contestó ella, mordaz.
- Ya veo… - el Lobo soltó un suspiro, dejando escapar un acorde indefinido de entre sus dedos.- No son demasiado permisivos en tu casa, ¿verdad?
- Sólo hacen lo que creen mejor para mí.
- Pero eso no significa que lo sea – determinó el Lobo, girándose hacia ella y clavando sus ojos en los de Caperucita.- Cada persona es un mundo, niña, y lo que para tus padres es la gloria para ti puede ser un jodido infierno. Hay personas que necesitan espacio, aire a su alrededor para poder echar a volar, que necesitan libertad para poder expresar todo lo que bulle en su interior.
- ¿Es lo que haces tú con tu música? – preguntó Caperucita, intentando aparentar tranquilidad.
- ¿ Es lo que haces tú con tu ropa? – contestó el Lobo a su vez dando un paso hacia ella y acariciando la caperuza con la punta de los dedos.
Algo se resquebrajaba en el interior de Caperucita, haciendo que apartara la mirada. Una amargura desconocida para ella atenazó sus cuerdas vocales e hizo que su voz temblara.
- Qué más da lo que yo haga. Es mi familia y les quiero, tengo que respetar su voluntad.
- Respetar no es hipotecar tu vida en pos de unos valores que no son tuyos, niña. Mírame – el Lobo la aferró por la barbilla con suavidad, obligándola a mirarle. –Eres una gran persona, con todos tus matices… incluso con tu extravagante ropa – comentó con una sonrisa, dando un golpecito al pompón que coronaba la caperuza de la joven.
Dio otro paso hacia ella, y Caperucita pudo sentir su aliento afrutado rozándole el lóbulo de la oreja. Mil y un gritos inconexos explotaban en su mente, la instaban a huir, a abalanzarse sobre él, a abofetearlo y a devorarle la boca. Simplemente permaneció clavada en el sitio, con el corazón retumbando en su garganta como una locomotora fuera de control.
- Todos levantamos muros entre nosotros y ciertas partes del mundo que pueden dañarnos, pero escondida tras esas cuatro paredes que tu familia ha levantado por ti a base de prejuicios te estás perdiendo grandes cosas – susurró el Lobo en su oído. Y en su camino de vuelta, buscó la boca entreabierta de Caperucita.
Una eternidad o una millonésima parte de un segundo después (Caperucita no habría podido jurarlo) sintió de nuevo el aire frío sobre sus labios. Abrió los ojos y vió que el Lobo le tendía la mano con una media sonrisa.
- Vamos, te acompaño a casa.
Caperucita tomó su mano, pero negó con la cabeza.
- No, a casa no. Me apetece dar un paseo.
El cuento de caperu pertenece a una serie de cuatro sesiones llamadas One upon a time realizadas para su proyecto final! Si queréis leer el resto de los cuentos o ver más de la obra de esta gran artista no dudéis en pasar por su blog personal, flickr o página de Facebook!
PD: Esta imagen al final no fue incluida en el proyecto pero también me gusta mucho! :)
Besitos!
Anshin









































